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Podemos, el periodismo y el derecho a roce

Jose Ramón Rodríguez Martínez @Ramon_Brelobo.

Algunas portadas de prensa compradas por Banco Santander. (Marta Semitiel. Infolibre.)

La semana pasada asistimos al último esperpento protagonizado por esa parte de la prensa que es pieza fundamental de la casta. La Asociación de Prensa de Madrid acusaba a Podemos de presionar y amenazar a periodistas. A Podemos en general, así, englobando. A una organización con más de 450.000 personas inscritas. Por los comentarios más o menos desafortunados de algunos tuiteros, la APM nos acusa a “los de Podemos” de ser responsables de una persecución a periodistas.

La APM, esa asociación que calla ante la manipulación informativa que denuncian los periodistas de TVE, que calla ante los insultos a periodistas repetidos por diversos e importantes miembros del Partido Popular (cuando lo de Rita Barberá, Rafa Hernando les llamó “hienas” y les acusó de “linchar” y “acosar” sin sonrojarse) y que ha callado en innumerables ocasiones cuando periodistas han sido vetados o despedidos por presiones políticas o empresariales (Cintora, Escolar, Berlín, etc…) se atreve a acusar a una formación política con algo más de tres años de vida de ser poco menos que el demonio con cuernos y rabo.

Si dependiera de la APM, la versión aceptada sería que, antes de aparecer Podemos, no existían en España las presiones a periodistas desde la política, la gran empresa y los bancos. Desde ese punto de vista, sería difícil explicar cómo es posible que nos hayan colado tantas falsedades desde los grandes medios.

Porque esos grandes medios nos han estado engañando durante décadas. Mentiras habituales han sido “estudiar una carrera garantiza un buen nivel de vida”, “la vivienda nunca bajará de precio”, “el trabajo otorga dignidad a la persona”, “la transición fue modélica”, “con el euro no subirán los precios” o una de mis favoritas: “las privatizaciones mejoran el servicio y abaratan el coste”.

A esto hay que sumar el bombo sin medida que le dan a cualquier medida política simple tomada con la excusa de que “creará empleo”. El empleo que crean estas chapuzas es a costa de saquear el erario público, no crean empleo sino que lo cambian de sitio (de un sector a otro, del pueblo a la ciudad, del interior a la costa). Además, el poco empleo real que crean es empleo temporal y precario que sustituirá a trabajo digno, de manera que hay más gente trabajando pero ganan tan poco que no pagan impuestos, apenas cotizan y consumen lo justo para no morir de hambre o frío, muchas veces combinando salarios de miseria con ayudas sociales. Todo esto se carga el consumo y se destruye aún más empleo estable.

Los grandes medios siempre han defendido estas ideas falsas a sabiendas o, al menos, no las han atacado como deberían. Tuviesen una etiqueta más o menos progresista, hay una serie de relatos en los que todos han coincidido, gracias a las presiones omnipresentes, a pesar de los muchos periodistas conscientes del engaño masivo. Los grandes medios dependen de la publicidad privada e institucional para su supervivencia y se nota.

Y mientras, los de arriba cada vez más ricos, más poderosos y con más capacidad de presionar a los periodistas.

Te engañan cada hora de cada día y se ha vuelto tan normal que cada cual elige el medio que le desinforme. Solo unos cuantos pequeños medios digitales mantienen su independencia, pero están fuera del alcance de la mayoría de la población, que aún vive al otro lado de la brecha tecnológica.

Ninguna cadena de TV, pública o privada, es independiente. Ninguna. Y lo mismo pasa con las emisoras de radio y los periódicos en papel. Todos esos medios están en manos de grupos empresariales, bancos, fondos de inversión… Son suyos y los usan a la perfección. Si algunos te parecen más afines a tu pensamiento que otros, es porque prefieren tenerte enganchado a sus mentiras mediante un enfoque más próximo a tus ideas, manipularte sutilmente, porque la alternativa es que apagues la tele y a partir de ahí ya no pueden manipularte en absoluto.

Queridos amigos periodistas: a mí me han dicho de todo en las redes sociales. Un fascista llegó incluso llego a contestarme una vez “qué desaprovechadas están las cunetas”. La solución es reportar, bloquear, silenciar, etc. Es lo bueno de las redes, no tienes que aguantar a todo el mundo.

Aquí va una sugerencia: probad a bloquear o silenciar a ese jefe de sección o a ese director cuando os sugiera amablemente un cambio de titular, cuando se ría de vosotros al insistir en la importancia de un tema que él no quiere sacar o cuando, ante vuestra postura firme, os señale la puerta y diga “fuera tengo 40 que van a hacer lo que yo diga por menos dinero”. Y luego comparáis esas presiones con las críticas hechas desde una cuenta de Twitter con un monigote de foto de perfil.

Al resto de lectores, un consejo: si no la han visto, busquen “Network” (Un mundo implacable) del 76. A ver qué les parece.

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